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viernes, marzo 1, 2024

 

EN LA PUNTA DE UNA ALEZNA

Javier Zapata Castro

Los bailes en Tepito, al menos en aquellos tiempos, tenían por costumbre o maña, el darse de harina y huevo. Todos los días había bailes en diferentes lugares y al mismo tiempo, a tres caídas y sin límite de tiempo. Esto es los 365 días del año… No se contaba con pistas de parquet. Tampoco se crea que la iluminación era la adecuada, no. Aquel sitio de baile a donde la Mago- Margarita solía ir, era un baldío, en donde se clausuraban las entradas con chatarra de carros que se apilaban convenientemente.

Así era la pista de baile en donde tenía por costumbre asistir Margarita, pandillera chilanga de hasta 16 años, con dos abortos en su haber y amiga de cuanto taquero y taxista existiera por la colonia Guerrero, en Tepito y San Lorenzo.

Cierta ocasión, después de empatarse la tarde con la noche, para después la misma noche desaparecer ante el alba ahí en el baldío, con más de 5 grabadoras luchando entre ellas por dejarse oír en esa pista de baile del mero Tepito, ahí pues, nos encontrábamos la Mago y quien esto escribe, y todo a resultas de que a Isabel, la mera amiga, carnalita de la Margarita, cuando estaba de visionuda, de una patada en la cara, por la vía rápida, fue atracada la Chabela, despojándola a más de la dentadura, de un bote caguamo de resistol 5000.

Ella estaba sumida en los aromas del “flan”, y alucinaba que Tarzán y Pedro infante, a dúo, cantaban en la mera basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Ese era su alucine, cuando cuatro dientes le fueron arrancados de tremendo patadón… El bato gandalla, rapidito, recogió el bote y con el índice de la mano derecha limpio la banqueta y no dejo rastro alguno del pegamento, y hasta la tapa recogió, porque quienes lo usan saben que se debe de tapar ―si no se le va el espíritu, ese que te hace olvidar que no has comido desde hace dos días, el mismo que te ayuda a no pensar que andas de callejero desde hace 4 años―.

Cuando la Mago vio a su carnalita sin los dientes del frente, hablando y viéndose de caricatura, la risa la doblaba, pero entre risas, remedos y carcajadas la flaca ya había decidido: “El bato loco tiene que ser crucificado”.

Lueguito de llegar al baile, la tarde se terminó y las luces de algunos focos medio querían encenderse. Se fundió la tarde con la noche… Batos tirados, soñando; otros recargados en las paredes, fumando…, algunos locos bailando. Nada extraordinario pues. Lo mismo de todos los días y ratos de esos pequeños infiernos.

Por ahí, en un espacio que decía ser rincón, tres medio locos, acuclillados, escuchaban las rolas que escupía una grabadora. Uno más loco bailaba al ritmo del “Chemo”, abrazando un bote caguamo del mismo pegamento y tamaño del que le expropiaron a la Isabel… La Mago-Margarita lo vio, pero como si nada hubiera pasado ni fuera a pasar. Una platiquita por aquí, una bailada más allá, luciendo ese cuerpo de 16 años. El trago, la fumada y nada que pasaba. Pero la loquita sabía su juego y esperó las horas de la madrugada.

Bailando, con tres pasos de baile brincón ―como se baila en Tepito― se acercó al bato loco para tres veces agujerearle la panza con una alezna de zapatero. Nadie gritó, no hubo lamentos; y es que nadie vio nada, y, si vieron, no era su bronca.

Estaba amaneciendo cuando la Mago-Margarita se lavaba las manos frotando una gran barra de hielo que se encontraba en la entrada de una tienda. Las mojaba frotándolas, las sacudía y las olía… Quedó satisfecha y dijo: ―¡Córrele carnal! Del otro lado pasan los taxis.

El primero que pasó, nos levantó. El chofer era amigo de la Mago y nos alejó del barrio bravo de Tepito, en donde, a cualquier hora, entre ellos se matan, o van y los matan… Por mucho tiempo nos alejamos de sus clubs de baile.

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