LO QUE VERDADERAMENTE IMPORTA
Por Mtra. Fanny Omaña
Periodista | Especialista en Derechos Humanos | Educadora
“Una patria no se honra solamente con un grito; se honra cuando la dignidad de su gente sigue importando después de que se apagan las luces.”
Este 15 de septiembre tengo un hueco en el estómago. Y me duele escribirlo precisamente hoy, cuando México se viste de verde, blanco y rojo; cuando las familias se reúnen, las plazas se iluminan y, por unas horas, parece que nada puede separarnos. Yo también amo esta noche. También me emociona nuestra bandera. También me estremece escuchar un mariachi y también quiero gritar ¡Viva México! Pero hoy no puedo hacerlo sin preguntarme qué México estamos celebrando.
Han transcurrido 216 años desde el inicio de la lucha por la Independencia, aquel movimiento que comenzó en 1810 y que once años después culminaría con la consumación de nuestra independencia. Y justamente por eso la historia debería servirnos para algo más que llenar plazas y repetir nombres. George Santayana escribió una sentencia que pareciera perseguirnos: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La recuerdo hoy porque cuando miro nuestro presente encuentro demasiados ecos del pasado: privilegios, desigualdad, corrupción, ciudadanos reclamando ser escuchados y un poder público que demasiadas veces parece muy lejano de la vida cotidiana. Cambian los siglos, cambian los nombres, cambian los discursos, pero el dolor de quien no es escuchado se parece demasiado.
Apenas este fin de semana, mientras México preparaba los festejos patrios, al menos 500 trabajadores del IMSS-Bienestar marcharon en Xalapa, Veracruz, denunciando falta de medicamentos y materiales. Los trabajadores señalaron que las carencias han provocado problemas en la atención hospitalaria y reportaron falta de insumos básicos. Era ya la séptima protesta en Veracruz desde el 31 de agosto. Y entonces la fiesta adquiere otro significado, porque mientras una plaza se prepara para iluminar el cielo, en algún hospital mexicano puede haber una madre preguntándose si tendrá que conseguir por su cuenta aquello que necesita su hijo para ser atendido.
No afirmo que cada carencia sea consecuencia de corrupción. Hacerlo sería irresponsable. Lo que sostengo es algo distinto: cuando el Estado no logra garantizar servicios esenciales, el discurso del bienestar tiene que confrontarse con la experiencia de las personas. Y esa también es patria.
Como lo son las madres buscadoras. Aquí las palabras se me quedan pequeñas. Al 25 de mayo de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) había registrado 134,460 personas desaparecidas y no localizadas en México. Se trata de una cifra que debe leerse con fecha de corte, porque el propio Registro se actualiza continuamente con nuevos reportes y localizaciones.
Detrás de esa cifra no hay solamente expedientes. Hay sillas vacías. Hay una cama que nadie ha querido tocar, una fotografía que sigue en la sala, un teléfono que una madre se niega a cambiar por si algún día vuelve a sonar. Hay mujeres que aprendieron a escarbar la tierra porque primero tuvieron que aprender que esperar no era suficiente. Y además tienen miedo.
El pasado 29 de agosto, Alma Rosa Rojo Medina, fundadora del colectivo Voces Unidas por la Vida, fue atacada a balazos junto con su hija en Culiacán, Sinaloa. La Fiscalía estatal inició una investigación por feminicidio en grado de tentativa y las autoridades anunciaron medidas de seguridad para ella y su familia. Pero hay una pregunta que ningún comunicado puede borrar: ¿Cómo llegamos al punto en que una madre que busca a un desaparecido necesita protección para seguir buscando? Eso también debería dolernos este 15 de septiembre.
Y luego está la corrupción. Una palabra tan repetida que corremos el riesgo de acostumbrarnos a ella. La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró una tasa nacional de 27,438 actos de corrupción por cada 100 mil habitantes; para San Luis Potosí estimó 29,523. El propio INEGI advierte que las estimaciones estatales presentan márgenes de error importantes. Por su parte, un análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) calculó que 6.9 millones de personas que tuvieron contacto con el sector público experimentaron algún acto de corrupción y que el costo para la ciudadanía se acercó a 25 mil millones de pesos.
La corrupción no es solamente el funcionario que se lleva dinero. Es algo todavía más destructivo: rompe la confianza. Cuando el ciudadano deja de creer en sus instituciones, cuando piensa que para obtener justicia necesita influencias, cuando supone que cumplir la ley sirve de poco mientras otros encuentran atajos, algo profundamente grave comienza a quebrarse. No sólo se empobrecen las instituciones; nos empobrecemos moralmente como sociedad.
También me inquieta la facilidad con la que presentamos porcentajes como si fueran sinónimo automático de bienestar. Este año el Gobierno federal anunció un incremento salarial de 9% para las maestras y los maestros de México. En el esquema oficial de remuneraciones para 2026 se estableció, además, a partir del 1 de septiembre, un incremento específico de 1% para determinadas categorías del personal directivo y de supervisión, con el propósito señalado oficialmente de establecer un diferencial acorde con su responsabilidad. Son conceptos distintos y reconocer el dato completo es indispensable.
Pero también lo es preguntarnos si los porcentajes que desde el poder se anuncian como avances consiguen sentirse de la misma manera cuando llegan a la mesa de una familia. Porque allí no existen discursos. Allí están la despensa, el recibo de la luz, la renta, el transporte, los medicamentos y la educación de los hijos. Allí una cifra deja de ser propaganda o crítica y se convierte simplemente en la pregunta más elemental: alcanza o no alcanza.
Pero si algo me duele especialmente esta noche no está solamente en los gobiernos. Está entre nosotros. Nos estamos acostumbrando a un México dividido. La política ha entrado hasta la mesa familiar. Pensar distinto parece haberse convertido en motivo suficiente para descalificarnos. Nos ponemos etiquetas antes de escucharnos; dividimos entre buenos y malos, entre los nuestros y los otros, como si la patria pudiera construirse solamente con quienes piensan igual. Y un país fracturado comienza precisamente así: cuando dejamos de reconocernos en el otro.
México no es un presidente, no es un gobernador, no es un Congreso, no es un partido. México somos nosotros. Es la madre que busca, el enfermo que espera una medicina, el médico que intenta trabajar sin insumos, el maestro que abre su salón cada mañana, el trabajador que hace cuentas antes de llegar a fin de mes, el periodista que pregunta, el servidor público que pudiendo corromperse decide no hacerlo y la familia que todavía puede sentarse alrededor de una mesa aunque no todos piensen igual.
Por eso esta noche también quiero escuchar: ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez! ¡Viva la Independencia! Y sí: ¡Viva México!
Pero no quiero que el estruendo de los cohetes sea tan fuerte que nos impida escuchar lo que ocurre cuando termina la ceremonia. Porque la patria no dura los minutos del Grito. La patria amanece el 16 de septiembre y entonces vuelve a estar en el hospital, en una fosa clandestina, en una escuela, en una fiscalía, en una oficina pública y en la mesa de millones de familias mexicanas. Ahí se demuestra si nuestra independencia es solamente una conmemoración histórica o una responsabilidad colectiva.
Lo que verdaderamente importa
No es quién grita más fuerte ¡Viva México! Es qué hacemos por México cuando se apagan las luces de la plaza.
Lo verdaderamente importante es no acostumbrarnos. No acostumbrarnos a una madre buscando a su hijo, a un enfermo esperando una medicina, a la corrupción, a que pensar diferente nos convierta en enemigos y, sobre todo, no acostumbrarnos al dolor ajeno.
Porque podemos llenar nuestras calles de banderas y nuestros balcones de luces; podemos tocar campanas, cantar el Himno y repetir durante otros 216 años los nombres de nuestros héroes. Pero de poco servirá recordar la Independencia si olvidamos todos los días el significado de la palabra patria.
Patria es cuidar. Patria es exigir. Patria es servir. Patria también es disentir sin destruirnos. Y patria es comprender, de una vez por todas, que ningún gobierno, ningún partido y ningún personaje será más grande que México.
Esta noche voy a gritar ¡Viva México!, pero no para que ese grito silencie lo que me duele. Voy a gritarlo precisamente porque me duele. Porque todavía creo que somos capaces de reconocernos, de indignarnos frente a la injusticia y de reconstruir desde nuestras familias aquello que la corrupción, la violencia y la división han ido rompiendo.
Y porque el día en que podamos hacerlo sin dejar a nadie atrás, quizá ese hueco en el estómago finalmente desaparezca.
Eso, y no solamente la fiesta de esta noche, es lo que verdaderamente importa.







