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Cuando el miedo llama a la puerta

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sábado, agosto 1, 2026

Lo que verdaderamente importa

Por Mtra. Fanny Omaña
Periodista | Especialista en Derechos Humanos | Educadora

«A veces, un solo rostro basta para comprender la verdadera dimensión del miedo.»

Hoy me costó escribir esta columna.

No porque me faltaran palabras, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el miedo también quería sentarse frente a mi teclado.

Tengo la fortuna de haber nacido en México, una nación libre y soberana, cuya Constitución reconoce la libertad de expresión como uno de los pilares de nuestra democracia. Sin embargo, hoy escribo con una profunda sensación de pesar agolpada en el pecho. No porque dude de mi libertad para expresar lo que pienso, sino porque duele advertir que el miedo parece abrirse paso entre quienes ejercemos el periodismo y entre tantos ciudadanos que únicamente anhelan vivir en paz.

No hace falta enumerar los hechos de violencia que diariamente estremecen a nuestro país.

Ese día, el miedo tenía nombre.

No era un personaje de ficción. Era una persona de carne y hueso.

Vi una mirada dominada por el miedo. Húmeda, conteniendo el llanto y la impotencia. Escuché una voz temblorosa narrando un nuevo acto de violencia: la destrucción de sus herramientas de trabajo y una nueva agresión física.

Era el periodista Christian Herrera.

Mientras hacía pública su denuncia, resultaba imposible no percibir el impacto emocional de lo vivido. No pude evitar pensar que se trataba del mismo periodista que, hace apenas unos meses, permaneció privado de su libertad en un caso que despertó preocupación entre organizaciones defensoras de la libertad de expresión.

Posteriormente, la reforma conocida públicamente como «Ley Serrano» fue derogada a petición del gobernador de San Luis Potosí. Sin embargo, la preocupación por las condiciones en las que muchos periodistas continúan ejerciendo su labor sigue presente.

Y eso debería preocuparnos profundamente.

Porque la violencia no comienza cuando alguien golpea a otro. Comienza mucho antes: cuando la intolerancia sustituye al diálogo, cuando la descalificación reemplaza a los argumentos y cuando dejamos de ver al otro como un adversario, olvidando que antes es un ser humano.

¿En qué momento comenzamos a aceptar que ejercer el periodismo pudiera convertirse en un riesgo?

Cuando un periodista siente miedo, no es solo un periodista quien pierde.

Perdemos todos.

Perdemos el derecho de la sociedad a estar informada. Perdemos voces críticas. Perdemos la posibilidad de debatir con libertad y de construir acuerdos desde las diferencias.

Y cuando esto ocurre en San Luis Potosí, la herida también nos pertenece.

No escribo estas líneas para defender a una persona en particular.

Escribo para defender un principio.

La libertad de expresión no pertenece exclusivamente a los periodistas. Pertenece a cada ciudadano. Hoy es un comunicador quien levanta la voz; mañana podría ser un maestro, un médico, un comerciante, una madre de familia o cualquier persona que decida expresar lo que piensa.

Defender ese derecho no es un acto de solidaridad; es un acto de inteligencia democrática.

Me resisto a creer que la violencia sea el idioma con el que debamos entendernos los mexicanos.

Nuestro país se construye todos los días gracias a millones de mujeres y hombres honestos que trabajan, educan, investigan, emprenden, cuidan de sus familias y entregan lo mejor de sí para sacar adelante a México. Ellos representan el verdadero rostro de esta nación.

No podemos acostumbrarnos al miedo.

No podemos permitir que la violencia termine normalizándose, ni aceptar que levantar la voz implique pagar un precio.

Porque las democracias no empiezan a debilitarse cuando una voz crítica se hace escuchar.

Empiezan a debilitarse cuando el miedo convence a las personas de que es mejor guardar silencio.

Y cuando el silencio se vuelve costumbre, la libertad comienza a perder terreno.

Ojalá nunca lleguemos a ese día.

Porque defender la libertad de expresión no es proteger el privilegio de unos cuantos; es preservar el derecho de toda la sociedad a conocer, cuestionar y participar.

Porque el día en que el miedo logre convencernos de guardar silencio, no habrá perdido un periodista.

Habremos perdido una parte de nuestra libertad.

Y eso, justamente eso, es lo que verdaderamente importa.

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