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viernes, marzo 1, 2024

Javier zapata castro

Melquiades Resendiz, el renegado-

El mar estaba picado y por esa razón las lanchas estaban a buen recaudo. Un día antes, cuando la mar se encabrito, las habían trepado sobre de unos troncos de forma que con esa cilíndrica ayuda se las llevaron rodando hasta los tejabánes en donde extendían sus redes. Las lanchas no pasaban de diez y pertenecían a otros tantos pescadores en aquel pueblito, en la mera costa del istmo de Tehuantepec.

A decir verdad diez eran las lanchas, pero once  las casitas de otras tantas familias habitantes de ese pueblo, en donde las puestas del sol hacen amar a la vida, aun mas allá de la vida misma, Y su calle, única. Pavimentada de huesos, escamas y arena. Guardando la calidez humana  nunca expuesta en las avenidas de la ciudad…por ahí, todos los días bajaban diez pares de ojos, y más que atraídos, magnetizados poderosamente, enfilaban sus pasos de pies descalzos  hasta la playa, en una especie de ritual mágico en donde su mirada se perdía en la inmensidad del agua, saludando a tanta grandeza y consiguiendo su permiso para preparar sus lanchas y redes, gemelando el trabajo y la pesca en ese mar. Por aquellos tiempos libre de turismo, contaminación, narcos, policías y demás fauna terrestre. Así. Los pescadores tenían permiso para sacar de las acuosas entrañas de la mar; güeras, redondas, mosquito y de pronto algún cazón.

A decir verdad no eran solamente diez pares de ojos quienes diariamente se dirigían al mar, también había muchachos que ayudaban a la pesca, pero la costumbre mandaba y por aquellos lugares la costumbre es ley, y esta decía que pescador era solo aquel quien tenía su lancha, de forma tal que la muchachada era solamente eso, muchachos aun alejados  del ritual de saludar y pedir permiso al mar -para cosechar lo que no se ha sembrado- poco a poco, a golpe de remo y sensual vaivén  de la pacifica mar.

Melquiades Reséndiz se llamaba el onceavo jefe de familia que vivía entre pescadores, siendo jaulero, por tal motivo le decían “el renegado”, según me enteró uno de los chamacos, al amparo del tejaban en donde guardaban sus redes, sitio que para mi hacia las veces de hotel. Y en donde me dejaban quedar con todo y mochila. Seguramente porque ahí, a más de las redes no había nada que se les pudiera perder.

El tal Melquiades se veía diferente a todos  los de ese lugar, al primer golpe de vista destacaba como mosca en leche. Usaba botas de media caña y no había forma de imaginarlo con botas y jalando cuerdas con el agua hasta las rodillas. No solo se distinguía en eso. En las mañanas el caminaba para el norte cargando un montón de jaulas, mientras todo el pueblo rumbeaba  a la playa  por aquella calle pavimentada de huesos, escamas y arena.

El ocio, siempre de la mano del mal tiempo en tierra de pescadores, acerco a uno de los jóvenes al tejaban- hotel, llevaba dos pescados sancochados con yerbabuena y ajo, pero más que nada  quería era platicar y fumar. Así, mientras yo comía y el chamaco fumaba. Poco a poco fui escuchando la historia de ”Melquiades el renegado”

-“hace como tres años, dijo el chamaco, Melquiades quería su lancha. Se fue al monte a ver que encontraba para vender y regreso con un montón de laurel y también traía un nido de loros…eran pequeños, estaban pelones y se murieron. Dicen que Melquiades hizo una jaula  y ahí metió el nido, con todo y pericos muertos, los llevo al palo en donde los encontró y todos cuentan que ahí se espero dos días hasta que agarro a la perica

– oye. ¿Y qué hizo con la perica?

-pos dicen que la vendió, entonces hizo julas y se fue al monte a puro agarrar cotorros.

¿Y por qué lleva redes a la selva?

-“es que una vez agarro como veinte pericos y con eso compro una red nuevecita, con la red agarro un chango…y pos ahora agarra de todo…a veces vienen hasta aquí a comprarle changos, tejones de árbol, pericos. Todo el animalero de este lado; de acá del mar, nada, ni siquiera tiene lancha”-

-¿y tú por qué no te haces jaulero?

-¿quieres ser pescador o te jala el monte. Pero no quieres que te digan renegado?

-“se quedo pensando y dijo. Mira te voy a traer otro pescado con canela, para seguir platicando”

– este chamaco se alejo del tejaban y no regreso. Nada de pescadito con canela, nada de respuesta…quien sabe si a esta fecha, el haya terminado con toda la fauna terrestre del istmo de Tehuantepec. Esto paso hace más o menos 40 años.

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