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martes, abril 16, 2024

 

CUASI FUNDAMENTALISTA

 

Los cánticos se dejaban oír todo el día, continuaban hasta ya bien entrada la noche. Todos ellos muy parecidos entre sí, cantos cristianos provenientes de toda la república. Arreciaban al obscurecer, tal como si los peregrinos temieran a la obscuridad y el miedo se alejara al conjuro de las alabanzas entretejidas con el olor de la cera que ardía por todos lados, en este pueblo michoacano bautizado como “La Ermita” o “Nueva Jerusalén”. El culto surgió cuando el estado era gobernado por Cuauhtémoc Cárdenas.

La comunidad se encuentra con rumbo sur de la cd. De Morelia; un pueblito que, como todo pueblo que se respete, se fue formando en base a la pura necesidad. Ahí se conjuntaron factores tales como un sacerdote católico de edad avanzada ―sus superiores decían que ya estaba jubilado, como diciendo: “Yo solo sé que nada sé…”―, a más de una muchacha, mujer joven de entre 16 y 18 años y, sin duda, principalmente, la necesidad milagrera de un pueblo.

La gente pues, acostumbrada a los milagros…, verlos, vivirlos, que de no darse pronto y en la medida requerida…, pues toca inventarlos. Algo se ha escrito y mucho se dijo sobre este fenómeno social, o milagro, pero quien esto escribe convivió 4 meses en la comunidad rebautizada como “Nueva Jerusalén” y aun y que me gusta ver cosas, nunca vi nada que no fuera un gran teatro organizado y sustentado por la misma necesidad de creer, esperar y ver… Y, la verdad sea dicha, no se mencionaba mucho ni poco a Gabina, mujer de edad, quien se suponía había sido quien tuvo los primeros diálogos con la Virgen del Rosario. Tampoco se hacía mucho ruido alrededor del sacerdote Nabor, a quien silenciosa, misteriosamente se le atribuía el ser mediador entre la estrella de la puesta en escena y la mismísima Virgen.

Poco hablar de Gabina, poco de Nabor, no. Ahí todo se centraba en quien supuestamente recibía la palabra de la Virgen. Era quien se llamaba María de Jesús. Ella determinaba todo, junto con su propio séquito, encabezado por un joven gringo con quien Mari-chuy constantemente se besaba. Doy testimonio de ello, porque fui invitado y participé en “las guardias”. Éramos como 50 pelaos armados con riflitos calibre 22 haciendo patrullaje, y, a la par, viendo todo lo visible.

Arribar a Morelia es sencillo, pero más fácil fue llegar a la Nueva Jerusalén. No había problema para pedir ser llevado. Se veían camiones de todos tipos y con placas de circulación de cualquier parte de la república…

―Hermano, hermano ―se dijo―, me podría hacer la caridad de llevar a la Nueva Jerusalén.

¡Y cómo si no, hermano. Para allá mismo vamos! ―me contestaron―.

― ¡Mire hermano, cuánto peregrino viene a rendirle a la santísima Virgen!― comentó una mujer que subía al autobús. Ándele suba ―me apresuró―. ¡A la santísima  Virgen no se le hace esperar! ―dijo―. Si todos vamos a caber en la gloria, qué le hace un ratito apretados aquí abajo…

Y para allá vamos, trepados en un autobús de colores verde y amarillo, aun con el señalamiento de sus anteriores correrías indicando la ruta ―San Esteban-Topilejo―.  ahí vamos, apretados. Pero era obligado ver de qué estaba hecha María de Jesús, quien se decía vidente y presumía de platicar con la mamá de Jesús.

Aquello parecía San Juan de los Lagos por el número de peregrinos y porque los rostros eran idénticos. La necesidad es mucha, aborregando la mirada y clonando la arruga. Tantísimos dolientes bajando de los camiones estandarte en mano, brazadas de cohetones y los cantos a flor de labio… Por fin, el de la voz cantante grito: “¡Doña Camila! ¡Nos formamos de 4 en fondo! ¡Los coheteros adelante y que nadie abandone la formación porque se pierde!”

El templo es pequeño y no caben tantísimas peticiones. Pero la devoción y la fe encontraban consuelo en las lejanías del cielo cuando lograban hacerse de una imagen de María de Jesús, y veían de cerca su cara redonda, piel morena, brazos extendidos, recibiendo algo para dárselos a ellos. Imágenes repartidas por hombres vestidos de túnica color café y mujeres ataviadas en blanco y azul.

Cuando finalmente logré ver a María de Jesús fue en una casa-huerta, en donde había un entarimado solo con espacio para la hermana-joven-vidente y un sacerdote viejo, inclinado, con joroba y que poco levantaba la vista del piso. Alrededor de esta puesta en escena había hombres armados, pocos, montando guardia con riflitos calibre 22. Supongo, por el calibre de las armas, que no pretendían defender a María de Jesús de ataque proveniente de algún demonio que se opusiera a la charla entre la vidente y la virgen.

Con 1.60 de estatura y vestida completamente de color azul, la joven elevó los brazos al cielo e inició una permanente sonrisa, solo acompañada eventualmente de algún “Sí”, hecho por su cabeza… El corazón de los presentes saltaba. Su inclinación tocaba la frente con el piso… ¿Cómo levantar la vista? Quienes lo hicimos, vimos a Mari-chuy, el cura viejito y los guardias. Escuchamos algún bocinazo allá a lo lejos y el llanto de tres o cuatro bebés.

Treinta minutos duró el evento, la Virgen es harto platicadora. Esto se repetía un día sí y otro no… La senectud del cura, el infantilismo de la pueblerina, sin olvidar los besos y abrazos del gringuillo y María de Jesús, les ilustró, si no para construir, sí para sustentar una “Nueva Jerusalén”, porque si mal no recuerdo, en el año de 1967, en la conocida como guerra de los 6 días, la Jerusalén del cristianismo, islamismo y judaísmo, había sido tomada por el ejército israelita. Imposible guerrear contra ellos… Mejor era formar la “Nueva Jerusalén”, allá, en tierras de tata Lázaro. O, ¿qué no? ¿Quién puede negar el que somos un pueblo inclinado, proclive pues, a creer, esperar y ver?

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