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San Luis Potosí

Bucaramanga y su camino trunco

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sábado, julio 20, 2024

La partida militar de Bucaramanga, a decir de sus pobladores, en menos del par meses de llegar a esos confines del mundo, aflojan el cinturón, recorren la fornitura, se llenan a querer y no la entrepierna de ladillas e ineludiblemente le agarran harto gusto al mate. Todo por razón de que la guerrilla no gusgueaba mucho por esos lugares y los secuestros y asaltos, aun y que se daban, eran muy eventuales. Por esa razón, la tropa engordaba, bailaba cumbia e inevitablemente, bajo estas circunstancias, entre lugareños y soldados se llegaban a establecer relaciones peligrosas.

 

Ahí está Bucaramanga en medio de la nada, unas casitas por aquí y, después de media hora a paso de mula, otros cuantos ranchitos. Poquitas casitas de tronchados y lodo, chorreaditas como si formaran parte de un nacimiento puesto en alguna casa del barrio de San Sebastián…, todo comunicado por veredas que atraviesan pequeños desniveles, arroyos con calidad de nietos por chiquitos y con agua para unos cuantos tragos. Caminos pues, para ser usados por un solo animal o una sola persona. Pero como dicen por allá: “La tierra fue hecha para hacer caminos, angostos o anchos, eso nada importa”.

 

La brisa del río no tan lejano llega a refrescar el andar de aquellos caminos poco transitados en los que se ve a mineros lavando arena en busca del grano de oro, rojizo, muy parecidos al ladrillo bien cocido que por allá se acostumbra y al que, por cierto, se le descarga de las tolvas vaciándolas de golpe, como se descarga la piedra bola aquí en México. Duro pues, y a nadie más se ve por estos caminos del Señor, dado que los traficantes de esmeraldas y burreros se desplazan por caminos pedregosos y se cuidaban hasta de respirar fuerte. Duermen de día encovachados y comen de latas que amontonan en sus escondrijos.

 

Los militares, cuando patrullaban de caserío en caserío esta pequeña comarca colombiana, avanzando en orden cerrado o circunstancialmente en fila india, dejaban su huella y levantaban polvo por la parte del camino grande, caminaban sin guaguara pero pisando fuerte, por otro lado, tal y como si fuera pacto entre caballeros ―el cual todos tienen que respetar―.

 

Quienes en la mochila llevaban coca o esmeraldas, caminaban de noche trepando peña dura, dejando el día y la bulla a los vecinos y soldados. Porque de igual forma que cada quien, en todo el mundo, tiene su muy particular modito de andar. Igualmente cada uno al anudar el calzado en los montes colombianos sabe a dónde es que va, que armas lleva, que porta en la mochila y si debe caminar en compañía del sol o de la luna… Esto que les platico pasó hace muchos años, pero ahorita mismo se sigue viviendo.

 

Por eso era que todo el pequeño mundo de este confín se hacía cruces, preguntaban y hasta se ofrecían mandas y pago de milagros en medallitas de oro, para saber el por qué de esa vereda que de pronto desaparecía. Se terminaba en la nada dando vuelta en uno de tantos arroyitos merito subiendo a un manchón de no más de cinco árboles. Ahí y ni un paso más adelante. Ahí mismo, como hablar de un fantasma, desaparecía. No era este sendero de algún animal de monte ―el olor le hubiera delatado―, conducía a una parte superior y por lo tanto era de día visible, por lo que la coca y las esmeraldas no pasaban por ahí…

 

Y así como estas, mil conjeturas conduciendo a otras tantas dudas, hasta que un buen día y después de muchos meses el misterio se aclaró por sí mismo. Bajo la sombra de los árboles, tan pocos cual los dedos de una mano, en el recodo pasando el arroyito mero en donde el camino era trunco y teniendo a las hojas de los sauces como sabana para cubrir la dureza de la tierra, al cobijo de estos árboles en ese camino mocho estaba bien muerto el capitán de la partida militar de Bucaramanga, cubierto de sangre que se resistía a secar…

 

Aquello se adivinaba como dos tiros de escopeta en esa humanidad, festín de moscas bebiendo la sangre de un militar. Pero escrito está: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Ahí, en ese momento, lo que sobraban eran opiniones porque todos fueron a dar fé. los niños de brazos con mucho esfuerzo aprendieron a caminar, alguno que otro se fue gateando, los tullidos, sacando fuerza de los hígados arrancaban ramas a los árboles o destruían escobas inventando muletas y bastones… En ninguna cabeza cabía el no hacer presencia.

 

Los restos del capitán, al estilo gringo, fueron a dar a una negra bolsa de plástico y luego a su caja de pino. Cuatro lumbradas, oración de muerto, serpentín de veladoras, canto afro-colombiano y rezo, café de primera y aguardiente de segunda…, y en los ojos de todos la mirada de policía, escudriñando, olfateando, columbrando a quien de entre los hombres le temblaba la mano o el dedo, viendo el rostro de las mujeres tratando de adivinar si por dentro alguna de ellas agonizaba en temor o llanto.

 

Sobre de la muerte del capitán hubo opiniones macabras y otras macabronas, pero el tiempo todo lo madura y los pueblos y sus habitantes, todos, concluyeron que aquello fue cosa de amores, amores, amores… Así lo señalan los habitantes de Bucaramanga. Más insistentemente ahora que el caminito trunco, el mismo quien conduce a los cinco sauces, a la fecha no se ha enyerbado, antes aun parece más señalado. Seguramente alguien, al menos un par de los habitantes de este poblado colombiano, sin requerir del uso satelital, ubican el sitio a la perfección, y no cabe duda de que hacen uso de él.

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