Una reflexión para poner en el centro lo que ninguna sociedad debería perder de vista: la dignidad de las personas.

LO QUE VERDADERAMENE IMPORTA

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viernes, agosto 7, 2026

Lo que verdaderamente importa

Por Mtra. Fanny Omaña
Periodista | Especialista en Derechos Humanos | Educadora

«La verdadera grandeza de una sociedad no se refleja en la intensidad de sus aplausos, sino en la dignidad con la que viven sus ciudadanos cuando el escenario queda vacío.»

Hay lugares donde el tiempo parece detenerse. Uno de ellos es Galería Cerezza, en San Luis Potosí. Durante un desayuno familiar, dejé por un momento la conversación para recorrer con la mirada cada rincón del lugar. Pinturas francesas, esculturas, muebles antiguos y obras de arte contemporáneo parecían dialogar entre sí, como si el pasado y el presente hubieran decidido encontrarse en una misma habitación.

Mientras observaba aquel espacio comprendí que nuestra sociedad también está hecha de contrastes. En un mismo escenario pueden convivir el orgullo y la preocupación; la celebración y la incertidumbre; la esperanza y la realidad.

Fue entre el aroma del café, las conversaciones familiares y aquella colección de historias convertidas en arte donde comenzaron a escribirse las líneas que hoy comparto con ustedes.

Porque, a veces, basta observar con atención para descubrir que una ciudad también puede ser una obra de contrastes: mientras unos celebran, otros siguen esperando respuestas.

San Luis Potosí vive días de fiesta.
La Feria Nacional Potosina (FENAPO) se ha consolidado como uno de los eventos más importantes del país. Miles de familias conviven, el turismo se fortalece, el comercio se beneficia y nuestra entidad vuelve a colocarse en el mapa nacional por su capacidad de organización. Sería injusto negar la derrama económica, el impulso al turismo y los espacios de convivencia que representa un evento de esta magnitud.
Pero reconocer un logro no obliga a dejar de mirar aquello que todavía nos duele.

Mientras miles de personas disfrutan conciertos y espectáculos, muchas familias continúan enfrentando cortes en el suministro de agua que las obligan a depender de pipas para realizar actividades tan elementales como preparar alimentos, bañarse o lavar la ropa. Tan sólo durante junio, las autoridades informaron la distribución de más de treinta millones de litros de agua para atender colonias afectadas por el desabasto (CEA).

El acceso al agua potable y al saneamiento constituye un derecho humano reconocido en el artículo 4.º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM). Sin embargo, miles de familias siguen organizando su vida en función de los horarios en que llega el servicio o de la posibilidad de conseguir una pipa. Ningún gobierno debería acostumbrarse a que esa realidad se normalice.

En materia de seguridad también existen claroscuros. Las cifras oficiales muestran avances importantes en la reducción de homicidios dolosos, de acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Sin embargo, seis de cada diez habitantes de la capital continúan manifestando sentirse inseguros, según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU-INEGI). Porque la seguridad no sólo se mide por estadísticas. También se mide por la confianza con la que una mujer regresa sola a casa, por la tranquilidad de un comerciante al cerrar su negocio o por la libertad con la que un niño juega en un parque.

No se trata de elegir entre una feria o el agua.
No se trata de enfrentar la cultura con la seguridad.
No se trata de cancelar espacios de convivencia.

Se trata de preguntarnos si la misma capacidad de organización que vemos durante unas semanas puede convertirse en una forma permanente de gobernar.

La propia FENAPO demuestra que sí es posible coordinar a instituciones federales, estatales y municipales. Durante varias semanas participan corporaciones de seguridad, cuerpos de auxilio, Protección Civil y diversas dependencias para brindar atención a millones de visitantes.

Entonces surge una pregunta inevitable:
Si esa capacidad de coordinación existe para proteger una feria, ¿por qué no logra mantenerse con la misma intensidad durante los 365 días del año para garantizar agua suficiente en los hogares y mayor seguridad en nuestras colonias?

La Constitución distribuye responsabilidades entre la Federación, el Estado y los municipios. En materia de seguridad pública, el artículo 21 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM) establece la obligación de coordinación entre los tres órdenes de gobierno. En materia de agua, el artículo 115 dispone que la prestación del servicio corresponde principalmente a los municipios, sin excluir la participación coordinada del Estado y la Federación.

Pero el ciudadano no vive de competencias constitucionales. Vive de resultados.
Cuando una madre abre la llave de su casa y no encuentra agua, poco le importa qué autoridad debía resolver el problema.
Cuando una persona es víctima de un delito, tampoco pregunta si la responsabilidad era municipal, estatal o federal.
Lo único que espera es que quienes recibieron la confianza de gobernar trabajen juntos.
Quizá ahí se encuentra una de las mayores deudas de nuestra vida pública. Hemos aprendido a competir. Nos falta aprender a coordinarnos.

Con demasiada frecuencia, la rivalidad política ocupa el espacio donde deberían existir los acuerdos. Mientras las instituciones discuten de quién es la responsabilidad, el ciudadano sigue esperando respuestas.

La verdadera riqueza de un estado no se mide por el número de visitantes que recibe durante una feria, sino por la confianza con la que una madre envía a sus hijos a la escuela, por la certeza de abrir la llave de su hogar y encontrar agua, y por la tranquilidad de saber que quien sale a trabajar regresará con bien a casa.

La obligación de un gobierno no termina al inaugurar una obra, al organizar un espectáculo o al encabezar una celebración. Su mayor responsabilidad comienza cuando garantiza derechos fundamentales y responde, con hechos, a las necesidades cotidianas de la población.

Las próximas elecciones llegarán.
Los discursos volverán.
Los espectaculares cambiarán de nombre.
Pero el agua seguirá siendo indispensable.
La seguridad continuará siendo un derecho irrenunciable.
Y la ciudadanía seguirá esperando autoridades capaces de poner el interés común por encima de cualquier cálculo político.

No se trata de preguntarnos quién ganará la próxima elección.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Serán capaces nuestros gobernantes de dejar a un lado sus diferencias para construir los acuerdos que San Luis Potosí necesita?
Porque el agua no tiene partido.
La seguridad tampoco.
Los derechos humanos no distinguen colores.
Y las necesidades de la ciudadanía no pueden seguir esperando a que termine la confrontación política.

San Luis Potosí merece seguir disfrutando de su feria, de su cultura y de sus tradiciones. Pero merece, sobre todo, la certeza de que sus derechos no dependerán de la confrontación política, sino del compromiso de sus autoridades. Merece abrir la llave de su hogar y encontrar agua. Merece caminar por sus calles con tranquilidad. Merece que sus hijas e hijos regresen seguros a casa.
Merece instituciones que dialoguen y colaboren, no que compitan por repartir culpas. Merece servidores públicos que entiendan que el poder no es un fin, sino un medio para servir.

Porque las luces de una feria siempre terminan apagándose. Los escenarios se desmontan. Los conciertos concluyen, las campañas también.

Pero la vida cotidiana continúa. Y será precisamente al día siguiente, cuando la música se detenga y las luces se apaguen, cuando cada familia volverá a hacerse las mismas preguntas:

¿Habrá agua en mi casa?

¿Podrán mis hijos regresar seguros?

¿Estarán mis autoridades trabajando juntas para resolver los problemas o seguirán enfrentándose entre sí?

Quizá ahí se encuentre la diferencia entre gobernar para el aplauso y gobernar para la historia.

Porque las sociedades no recuerdan a quienes organizaron las mejores fiestas.

Recuerdan a quienes fueron capaces de resolver sus mayores problemas.

A quienes comprendieron que gobernar no consiste únicamente en administrar eventos, sino en garantizar derechos, construir confianza y servir con responsabilidad.

Porque, al final, cuando termina la fiesta y comienza la realidad, es ahí donde un gobierno demuestra si entendió, o no, lo que verdaderamente importa.

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