CAMINANTE
Toño Martínez
Silla o sillón giratorio que ocupan los gobernantes de cualquier nivel político sigue convertida en una obsesión que provoca avalanchas de aspirantes a sentarse a pesar de la serie de mitos y advertencias y sobre el hechizo que poseen para transformar a quien se sienta en ella y se olviden de compromisos sociales y de su responsabilidad.
El jefe revolucionario, Emiliano Zapata Salazar lo dijo muy claro y contundente cuando Pancho Villa lo invitó a sentarse en la silla que ocupara el dictador Porfirio Díaz, luego de que al frente de sus respectivos ejércitos, la División del Norte y el del Sur entraron a la Capital de la República y al Palacio Nacional el 6 de Diciembre de 1914.
«Esa silla está embrujada y cualquier hombre (o mujer) agregó, que se siente en ella se vuelve malo» contesto Zapata a Villa.
Sería una coincidencia desafortunada o de verdad una maldición en torno a la silla presidencial pero Zapata fue asesinado 5 años después (10 de Abril de 1919) en Chinameca, Morelos, y Pancho Villa a los 9 (20 de Julio de 1923) en Parral, Chihuahua.
La silla estaba ocupada por Venustiano Carranza cuando cayó Zapata Salazar, y por Álvaro Obregón cuando mataron a Villa. Las órdenes le dijo, vinieron desde el Palacio.
Ubiquémonos en el presente, En el sexenio de López Obrador mataron entre 26 y 27 alcaldes y ex presidentes municipales, y en los primeros años de Sheinbaum van 14. Las sillas quedaron vacías aunque fuera solo por unos días.
Pero la vida política no se detiene, es parte intrínseca de la democracia aunque sea sesgada, y tal vez sea conveniente que los nuevos gobiernos estatales y municipales realicen un ritual contra las malas vibras de la silla antes que pongan sus partes blandas encima.







