Habla al país desde Zócalo

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En ningún otro escenario López Obrador es tan López Obrador como en el Zócalo. Incluso ya como Presidente de México, impecable en su traje oscuro, vuelve a emerger el líder social capaz de traducir el discurso oficial que ofreció por la mañana, en un mensaje para sus seguidores, quienes lo acompañaron en la ceremonia de “purificación” de su gobierno.

El lo dijo: “Para resumir en una frase lo que buscamos y anhelamos: la purificación de la vida pública de México”.

Y allí estaban sus seguidores para acompañarlo, desde temprano, colocándose en las sillas dispuestas en una parte del Zócalo, cerca de la pantalla, mirándolo llegar a su toma de protesta. O colocados debajo del balcón principal de Palacio Nacional, donde estaba previsto que podría aparecer para dirigirse a la gente.

El programa oficial anunciaba que a las 5 de la tarde, el presidente López Obrador dirigiría un mensaje “tentativamente” desde la plancha del Zócalo, y después recibiría el bastón de mando de los pueblos indígenas.

Pero cómo iba a resistir él bajar al Zócalo, que lo ha arropado siempre: durante el intento de desafuero en 2004, cuando era jefe de Gobierno de la Ciudad de México; en los estertores de la derrota electoral de 2006, en su movimiento contra la reforma energética…

El Zócalo siempre como su tribuna frente al único poder que él reconoce: el pueblo, al que ayer le dirigió un largo mensaje con los 100 puntos que emprenderá en su gobierno por los menos favorecidos. “Porque por el bien de todos, primero los pobres”, repitió en su discurso.

Aquel que fue su lema de campaña como jefe de Gobierno, revivió este sábado en su discurso oficial y en su mensaje a la gente, a la que le pidió paciencia para poder leer todas sus acciones, las que desplegó con lujo de detalle aderezadas con las frases que lo distinguen en los escenarios públicos.

“¡Arriba los de abajo!”, soltó, acompañado en la tarima de los representantes de cada uno de los pueblos indígenas de México, que desde antes del mediodía comenzaron a recorrer las calles del centro, con sahumerios en mano y ceremonias para “limpiar” las malas vibras.

El olor a copal esparcido por las calles del centro para preparar el ambiente de un acto jamás visto en una transición de poder: una ceremonia indígena para conferirle el “bastón de mando” -y con él la confianza y la autoridad- a un presidente que mucho le debe a los pueblos originarios de este país.

Hay que recordar que antes de involucrarse de lleno en la vida de partido, López Obrador fue funcionario público en el Instituto Indigenista de su estado natal Tabasco, y luego en el federal.

A ellos les dijo que serán prioridad en su gobierno. “Vamos a darle atención especial a los pueblos indígenas de México. Es una ignominia, una vergüenza, que nuestros pueblos originario s vivan desde hace siglos bajo la opresión y el racismo, con la pobreza y la marginación a cuestas. Por eso todos los programas del gobierno tendrán como población preferente a los pueblos indígenas de las diversas culturas del país”.

Lo dijo ya con el bastón de mando en la mano, ataviado con amuletos y cubierto por telas que los representantes indígenas colocaron sobre sus hombros para protegerlo, cubrirlo, le dijeron.

El Zócalo todo acompañó la ceremonia. Casi 100,000 personas que giraron hacia los 4 puntos cardinales para seguir la ceremonia y en algunos casos hasta rompieron en llanto al ver a López Obrador hincarse en un escenario adornado por artesanos de Huamantla, municipio de Tlaxcala con 40.000 hojas de totomoxtle, que es la cáscara que cubre la mazorca de maíz. De allí lo llevarán a la recién inaugurada casa de cultura de Los Pinos, que hasta el viernes fue la residencia oficial del presidente.

Todo el nuevo gabinete acompañó a López Obrador en la ceremonia, mientras los invitados especiales abandonaban de a poco el Palacio Nacional, donde se llevó a cabo la comida de recepción.

Nada se supo de lo que pasó allá adentro. Si acabo algunas fotos compartidas en redes sociales por los convidados, que disfrutaron de un menú tradicional mexicano, compuesto por crema de huitlacoche, costilla en salsa de axiote, ensalada de calabazas criollas en cama de pipián y dulce de zapote de calabaza.

Quién sabe quién habrá sido el último en salir y cerrar la puerta de Palacio Nacional. Para entonces, ya toda la atención estaba centrada en ese Zócalo que, una vez más, fue el escenario de un presidente, que interpretó el papel que mejor conoce: de líder social que este mismo domingo comenzará a fungir como Presidente ya “purificado”.