Más migrantes, lejos de la atención de la caravana, van a EU

8

Mientras una caravana de miles de migrantes avanza lentamente por el sur de México, centenares de hombres jóvenes viajan a pie y en trenes cargueros como polizones, unos 320 kilómetros (200 millas) más al norte.

Algunos de ellos partieron de Honduras el mismo día que los de la caravana. Uno había salido una semana después. La diferencia: Viajan en uno de los tradicionales medios empleados por los migrantes centroamericanos para llegar a la frontera de Estados Unidos: los trenes cargueros, “La Bestia”, que los transporta velozmente, pero que a veces los mutila.

Mientras la atención mundial se ha centrado las últimas dos semanas en la caravana de unas 4,000 personas, miles de otros migrantes continúan desplazándose en forma constante hacia el norte por las rutas migratorias más utilizadas. Es la opción más rápida y quienes la utilizan esperan que les ayude a movilizarse en forma inadvertida mientras las autoridades mexicanas se concentran en la caravana que se mueve a pie.

En el año fiscal 2018, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP por sus siglas en inglés) detuvo a más de 396,000 migrantes que habían cruzado ilegalmente la frontera suroeste de Estados Unidos. Solamente los arrestados en una sola semana rebasan los más de 7,000 que en un momento eran el número más alto de la caravana.

Una tarde esta semana, en una zona donde las vías férreas cubiertas de tierra se cruzan por un camino remoto en el estado de Veracruz, situado en la costa del Golfo de México, figuras de personas caminando aparecían a la distancia. En intervalos de pocos minutos, más y más grupos de ocho, 10 y 12 hombres jóvenes, surgían de nuevo a la vista.

Dijeron que se habían bajado de un tren que había parado su marcha a una hora de distancia e intentaban llegar a un albergue para migrantes antes de que cayera la noche.

César Ferrera, que llevaba una camisa verde y jeans negros, dijo que salió el 13 de diciembre de su casa en la ciudad hondureña de San Pedro Sula, en el mismo día de la partida de la caravana, aunque nunca consideró sumarse a ella.

“El tren llega más rápido y ellos vienen despacio caminando y vienen súper atrás”, dijo.

Calculó que entre 500 y 600 personas como él viajaban de polizones en el tren que pasó la frontera de Guatemala con México, donde cruzaron pueblo tras pueblo en los últimos días en el estado sureño de Chiapas.

Sus motivos para irse de su país eran idénticos a los de muchos que integran la caravana. Es difícil encontrar trabajo y en los empleos disponibles las pagas son insuficientes para mantener a una familia. La delincuencia es un peligro omnipresente. El hombre, de 28 años, dejó dos hijos y a su esposa en casa.

“Más que todo, el gobierno no resuelve los problemas del ciudadano”, declaró Ferrera.

Él trabajó en diciembre como guardia de seguridad privada en un centro comercial de San Pedro Sula y tuvo que enfrentar a saqueadores durante los disturbios que siguieron a la disputada reelección del presidente Juan Orlando Hernández, que estuvo salpicada de irregularidades, y que su contrincante describió como totalmente fraudulenta. Ferrera dijo que no ganaba lo suficiente arriesgando su vida para proteger la propiedad de otros.

Desde que dejó Honduras hace dos semanas, no ha tenido acceso a las noticias sobre las amenazas del presidente Donald Trump de cerrar la frontera para detener la caravana, aunque señaló que eso no lo disuadía.

Los habitantes de casas situadas a lo largo de las vías en Trancas Viejas no se inmutan con la presencia de decenas de hombres jóvenes que pasan caminando.

Estéfana Reves Cárdenas ha vivido en la zona durante más de 15 años. A veces los migrantes pasan de largo en el tren, pero también es habitual escucharlos cuando avanzan caminando en la noche. No recuerda haber tenido algún problema con alguno de los hombres jóvenes, mujeres embarazadas y niños que han transitado por la zona.

“Les damos una comida”, afirmó. “Pero no para todos porque son bastantes y todos quieren”.

Es la primera vez que Manuel Hernández hace el viaje.

El campesino de 23 años de Santa Bárbara, Honduras, había emprendido el viaje seis días antes y estaba un poco enterado de las amenazas de Trump sobre la caravana.

“Sí, hemos escuchado, pero vamos a aventurear”, afirmó Hernández. “Es una aventura”.

Optó por viajar por su cuenta debido a que la caravana atraía mayor atención.

“Uno solo, pues allí va”, agregó.

Hernández, que tiene familia en Washington, D.C., dijo tener la seguridad de encontrar algún trabajo de jardinería en la capital estadounidense.

Destacó que podría estar “muy cerca” de Trump, se rio y afirmó que tal vez “le voy a visitar”.