A Joaquín Sabina no le gusta envejecer

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El accidente que sufrió el miércoles Joaquín Sabina, que de un susto ha pasado a un problema más grave pero controlado, se une a una larga serie de episodios médicos que a sus 71 años, cumplidos precisamente el 12 de febrero, le hacen tener un estado de salud más precario de lo normal para su edad.

La caída en el Wizink Center, cuando ofrecía un concierto con Joan Manuel Serrat, fue un tremendo susto que parecía quedarse en eso porque las primeras noticias hablaban de tres fisuras en el hombro izquierdo.

Pero ayer en la mañana, y tras pasar la noche tranquilo, se le apreció un golpe en la cabeza que le provocó un coágulo cerebral del que finalmente ha tenido que ser operado, con resultado satisfactorio.

Es el último capítulo de una larga serie de incidentes que le han obligado a permanecer apartado del escenario en bastantes momentos de los últimos años, empezando por el derrame cerebral que lo llevó al hospital en 2001.

Fue el 23 de agosto de aquel año cuando sufrió un accidente isquémico cerebral leve por el que fue ingresado en el mismo hospital Ruber en el que ayer fue operado.

En aquel momento estuvo ingresado apenas tres días y una semana después mandó un correo electrónico agradeciendo la atención prestada y aseguraba: “Estoy vivo y coleando, bien de las tres piernas y las dos manos”. Pero lo que sí le hizo ese susto fue reformular sus hábitos tras una vida de excesos para, en general, “maltratarse mucho menos”.

Así lo indicó un año después, en una entrevista por la publicación de Dímelo en la calle (2002), cuando confesó su preocupación por “envejecer, por la salud” y por que no le quieran “las mujeres”. Durante unos años, el cantante se mantuvo más alejado de la vida pública y su salud se recuperó, pero en septiembre de 2010 volvieron los problemas y tuvo que suspender su cita en el Palau de Barcelona debido a una caída doméstica.

De nuevo en mayo de 2011 canceló sus primeros tres conciertos en Estados Unidos -Nueva York, Miami y Los Ángeles- por problemas intestinales, que el propio músico atribuyó a una “diverticulitis aguda”. Otro episodio médico no del todo aclarado se remite a julio de 2013, cuando anuló su participación en un acto vinícola en la localidad zaragozana de Cariñena debido a un “mareo”, quizás por “el calor”, relató su entorno.

En diciembre de 2014 se produjo otro incidente en el Wizink Center madrileño, un escenario que se ha convertido en una de sus pesadillas. Sabina abortó el espectáculo a las dos horas, a pocas canciones del final.

En declaraciones posteriores lo achacó a problemas de estómago, aunque en un primer momento afirmó que había sufrido una crisis de pánico escénico, “un Pastora Soler” -en referencia a la causa que apartó a la sevillana temporalmente de los escenarios, algo por lo que luego pidió perdón-.

Cuando aún se mantenía esa versión y corría peligro otro concierto en Madrid solo unos días después, su representante desveló que aquella no era la primera vez que Sabina temió desmayarse delante del público, ya que unos tres años antes en Tijuana (México) había tenido un cuadro parecido.

“Se pensó que podría ser algo del corazón, suspendió y al día siguiente hizo un concierto memorable”, dijo.

En junio de 2015 canceló dos conciertos en Canarias debido a una tendinitis en el pie izquierdo, dolencia que le había obligado a recurrir a un bastón.

La buena fortuna de Lo niego todo, el segundo disco más vendido en España en 2017 y el primero de su discografía en solitario desde Vinagre y rosas (2009), no acompañó a Sabina en su gira. En marzo de 2017 tuvo que reprogramar las fechas de sus conciertos en Iberoamérica debido a una operación por una hernia ventral.

En febrero de 2018 suspendió otros dos conciertos en México “por un golpe en el ojo, con fuerte hematoma e hinchazón”, que se provocó a su vez por un “pequeño mareo” a causa de “unas molestias en un oído”.

Y el 21 de abril de ese año fue ingresado para tratarse de una tromboflebitis en la vena ileofemoral de su pierna izquierda. Por ello suspendió cuatro conciertos que fueron reubicados a la cola de la gira, tras Madrid, los cuatro que finalmente no se celebraron, también por un problema médico.

El penúltimo episodio de salud fue otra vez en el Wizink Center el 16 de junio de 2018, cuando interrumpió el concierto a la hora y media de actuación; según el parte médico fue a causa de “una disfonía aguda consecuencia de un proceso vírico”. “No están viendo ustedes un buen concierto por mi parte hoy”, decía a mitad del espectáculo, pocos minutos antes de que su amigo y compañero Pancho Varona pidiera disculpas por su salida del escenario, “totalmente mudo”, y algunos minutos después de que el propio Sabina bromeara con que parte de esta “gira interminable” lo había tenido “recorriendo pasillos de sórdidos hospitales”.

El miércoles la actuación fue aún más breve. Aún no había empezado a cantar el que iba a ser el tercer tema de la noche que compartía con Serrat.

A oscuras en el escenario, con un potente foco que le iluminaba, Sabina pronunciaba uno de sus habituales monólogos y hablaba de los cadáveres de subsaharianos en el Mediterráneo. Dio un paso adelante y, literalmente, desapareció.

Se cayó al foso por la parte frontal del escenario, dándose lo que hoy su representante ha calificado de “golpetazo brutal”.

Reapareció poco después en silla de ruedas: “Con todo el dolor de mi corazón me voy a ir al hospital porque el hombro este lo tengo muy muy muy muy dolorido”, explicó al expectante público.

“Estas cosas solo me pasan en Madrid. Lo siento muchísismo”, dijo el jienense antes de desaparecer rumbo al hospital en el que ayer fue intervenido.

Un ejemplo más que corrobora unas palabras que dijo Sabina en una entrevista: “Cuando les cuenten que envejecer es una cosa fantástica, porque la experiencia y la sabiduría… Mienten como bellacos. Envejecer es una puta mierda”.