Los albañiles despiden al Azul

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CIUDAD DE MÉXICO.

Morrales en la espalda, paso cansino, mirada extenuada y caras ajadas por jornadas demoledoras bajo el sol. Los albañiles llegan a la que era sede de su fiesta, el Estadio Azul, para gozar con cumbia y cerveza su día, el de la Santa Cruz, como cada año.

Esta vez, sin embargo, sólo hallan silencio. Tomás, Jorge, Lucio, Julio y Gustavo se asoman extrañados desde la calle de la colonia Ciudad de los Deportes para indagar por qué hoy no suenan compases, nadie baila. Sus ojos confirman que las tribunas y el césped del equipo que encarna a su gremio son la desolación.

La hierba se torna dorada por falta de riego, a las tribunas las barren por última vez, las banderas de La Máquina que por dos décadas ondearon en lo alto un trabajador las retira.

No hay fiesta. La demolición del estadio de 71 años, el más antiguo de México, es decisión inquebrantable de su dueño, Antonio Cosío, y entonces aquí no sólo nunca más habrá pachanga sino tampoco fut.

En el hueco que dejará el cilindro mítico, un mall de lujo. “No puede ser que esté una plaza comercial, tenemos muchísimas”, clama el albañil Tomás Romero, impecable de camisa junto a su hijo Axel, con quien vino inútilmente a la fiesta. “Negocio nada más para los que tienen dinero”, deplora Lucio Sánchez, que con sus 60 años cubre su cabello ralo con una gorra cruzazulina.

Creadores de los lugares en que trabajamos, paseamos, vivimos, los albañiles saben que demoler es aniquilar a mazazos y grúas el pasado. Resignado, Jorge “Conejo” López se sienta en la escalinata que los sábados subía para gritar alegrías y tristezas de su equipo. “Tiene mucha historia el Estadio Azul”, señala. “No está bien que lo quiten”, lo secunda Gustavo Escalante, que con sus brazos tatuados de vírgenes reforzó su fe para que algún otro día, día bendito que no llega desde 1997, Cruz Azul volviera a ser campeón de Liga.

¿Quién los escucha a ellos, los que cargan, mezclan, cuelan? “La mayoría de la gente nos discrimina como albañiles. ¡Ahí va ese albañil!”, grita Tomás. Y Lucio agrega: “Somos los mal pagados, los mal reconocidos”.

Las faenas del tirol; la instalación de pisos, viguetas y bovedillas para formar las entrañas de los edificios, son las de un oficio invisible al que le duelen las vértebras, los hombros luxados, las caídas desde andamios. Pero quejas no hay: “El trabajo que hace un albañil es lo mejor que puede existir en el mundo -explica Tomás- porque si no existiera un albañil, ¿qué tuviéramos de estructuras, dónde vivimos?”.

Esta vez, el gremio habla fuerte. Los albañiles se niegan a una plaza comercial; exigen un espacio para gente común como ellos, donde nadie deba sacar del bolsillo una tarjeta de crédito para con status ganarse el derecho de piso. “Mejor un centro recreativo, deportivo”, sugiere Gustavo y su colega “El Conejo” lo apuntala para que al viejo Azul se le respete su esencia: “Tiene que merecer un deporte”.

Vuelven a casa sin fiesta y sin futbol. Pero por delante, la vida: a seguir alimentando a sus hijos con jornadas de manos poderosas.