MEMORIAS DEL PORVENIR

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RECUERDOS BORRASCOSOS-

 

Los recuerdos provenientes de la estadía en un “centro para alcohólicos y drogadictos”, a la par, son tristes y violentos. Misma sensación que se vive al recordar un 2 de octubre, un 10 de junio, un 26-27 de septiembre (Ayotzinapa). Tristeza que nubla los ojos y pone rabia en el corazón… Eso provocan estos días invernales en quien escribe; fechas navideñas en donde se extrañan los rezos y los cánticos de antaño, la piñata, el pedir posada y el reparto de frutas y dulces que alegraban el corazón ‒eso se acabó y sólo el recuerdo queda‒. Condición que invita a revivir el pasado debido a la temporada navideña, en donde el sol no calienta pero si quema.

En estos días de soledad y frío, a mí llegó el recuerdo de una compañera con quien compartí el encierro en uno de esos centros “de rehabilitación”. Le decíamos “la Peluchina” ‒nunca nadie me supo dar su nombre completo; sólo Dios y ella lo sabían‒. Baja de estatura y gordita. Ágil como gata en celo. Su cara era un círculo relleno de ojos alegres, chispeantes, nariz delineada, y esa sonrisa de niña-mujer-anciana que al menor cambio de humor se volvía una línea recta al igual que sus ojos ‒era bien bronca la Peluchina‒. Ella era jefa de la pandilla conocida como “Niños de la calle”, mismos que tenían su residencia al amparo de las ruinas conocidas como “las Tapias”, en esa calle que desemboca en la entrada de la policía ministerial.

Ésta pandilla no era de las más aguerridas, pero tenía su espacio bien ganado. En su totalidad eran niños y niñas, literalmente. Esa condición les alejaba de la ferocidad de bandas como la de los “Pájaros negros” o los chavos pertenecientes a la “clica” del “Reloj de sol”. Pero los “Niños de la calle” eran capitaneados por una mujer. Ése sólo hecho los hacía distintos.

La Peluchina, como la Martina, a los 16 años cumplidos tenía un pasado de profundo dolor y locura. Este su pasado era quien le hacía entrecerrar los ojos y trocar la sonrisa por una línea dibujada con un pedazo de carbón… Sentados por ahí en el patio del centro para alcohólicos y drogadictos, recargados en la barda, asoleándonos, ella me platicó:

‒Mire, Don, he tenido tres hijas. Tres ‒repitió, y se le escapó una lagrima navideña, gemelada con un rictus de ignorancia, violencia-rencor-ausencia-dolor y demás calificativos que producen asco, a la par que un profundo sentimiento humano. Esto y más hacían presencia en la niña-mujer-anciana ahí, sentada en ese patio.

Andando en la calle Rara vez se le veía sin su “mona”. Esa estopa empapada de tinher que se inhala y te hace sentir bonito…. Cuando apapachas “la mona” puedes sentarte en cualquier lugar y ver la película que se te antoje, ahí en la pared de enfrente, comiéndote un pastel, el más grande, como aquellos del aparador. ‒No, si “el tinaco” es chingón ‒decía la Peluchina‒. Ni que “mota”. Esa es para aplatanarse… Las “pastas” y el “polvo” para los ricos y el vino para atragantarse. Pero “la mona” bien empapada te dura un resto de tiempo y puedes ir a donde quieras, comer lo que quieras y hasta soñar chido.

‒Un día, platicó la Peluchina- la bronca se venía cocinando desde en la mañana. Eso se huele… Y ahí vamos toda la banda pa’ toparnos de frente. Y pos’, ya sabrás: botellazos, pedradas y petardazos… Yo traía a mi hija cargada y se me hizo fácil ponerla en la banqueta a un lado del poste. No estábamos en las Tapias. Ésta bronca fue en otro lado. Empezaron a llegar las patrullas; los petardazos se oyen bien lejos. Tienes que correr, desafanarte de volada… ¿Y mi hija…? ¡Se me olvidó! Ya bien loca y encarrerada, ¡se me olvidó!… Cuando regresé ya no estaba. Nadie me dio razón. A lo mejor y hasta un pinche perro se la llevó en el hocico.

 

>>Después de eso fue puro llorar. El “tinaco” no me hacía. Ahí le empecé a entrar al chupe. Le aventaba hartas pastillas a la cuba para hacerme una “agüita loca” y nada. Todo era pensar en m’ija… ¿Vas a creer que me andaba volviendo loca? Y pensaba, ¿por qué la quiero tanto? ¡Si me vine dando cuenta de que estaba embarazada hasta que nació! ‒dijo la Peluchina haciendo una cruz con sus dedos y besando su mano‒. Por ésta… Nunca supe que estaba panzona, hasta el día que nació la niña.

>>Dejé la banda un rato, hasta que volví a salir panzona  y otra vez a las Tapias. Ya tenía unos jales: lavaba ropa y planchaba en unas casas. Pero la banda te jala… Mi segunda niña nació en “el Materno”. Y pos’ ahí me tienes cargando mi violín pa’ todos lados… Un día me apendejé y total se me hizo fácil agarrar “la mona” toda la mañana y en la tarde pos’ a camellar en la planchada. Me acuerdo que acomodé a la niña en un cajoncito y ya no me acuerdo a qué hora me salí. De ley que me entró la loquera y ahí te veo… Al otro día estaba en las Tapias. La banda dijo que llegué sola y hasta la madre… Así perdí a mi segunda hija… Al otro día busqué la casa. La busqué, y la busqué, y hasta ahorita, nunca la encontré.

>>Pero, ¿sabes qué, carnalito? El mundo no para y la loquera menos…, y ahí estoy otra vez panzona. Tengo 16 años y he tenido 3 hijas. Pero ésta sí está bien segura porque el D.I.F. me la quitó. Pero son a toda madre y me internaron en este anexo para alcohólicos y drogadictos. La trabajadora social me dice que le eche ganas. Hasta ha venido a verme. Si Diosito quiere, saliendo me la entregan. Bueno, no es seguro… ‒dijo la Peluchina… Recuerdos borrascosos de borrascosas navidades. La plática se dio hace muchos años. En el siglo pasado. Faltaban 14 días para Navidad. Sí pues.